martes, agosto 01, 2006

Historia del Huevo

Historia del Huevo


Había una vez un patita al que le decían ‘el Huevo’… Le decían así porque era gordo y chiquito, aunque no era infrecuente que alguna gente perdiera la paciencia y se refiriese a él como si tuviera estatura basquetbolística.

De verdad no sé por qué empecé con ese “había una vez” como si la cosa hubiese ocurrido en un pasado remoto. Tal vez pude comenzar esta historia diciendo: “hace poco tiempo, en una chingana cercana, muy cercana…”, pero ya es tarde, muy tarde…

Son las tres de la madrugada. Me cago de risa, pero más de sueño, pero aun más de ganas de dejar para la posteridad aquello que me causa tanta risa. Ser escritor no es lo mío y no hay marcha atrás para corregir errores cuando se usa máquina de escribir y papel carbón para las copias.

El primer gran error que veo es el título ya que la “Historia del Huevo” sólo el mismo huevón al que aludo debe de conocerla y dudo que exista alguien con la suficiente vocación de mártir masoquista como para ahondar en ella. Lo que les voy a contar sólo es la parte que corresponde a la que seguramente será la brevísima vida universitaria del pobre idiota en cuestión.

Empecemos ubicándonos en los alrededores de la PUCP y dentro de la PUCP misma, universidad a la que ingresó el Huevo el año pasado previos infelices pasos por la Trenner, la Trilce y el Ceprepuc. Una vez que a tanta fuerza de insistencia consiguió entrar, no sólo hizo un ciclo de cachimbos hasta el culo sino que casi no consiguió amigos y hasta los poquísimos que por caridad cristiana lo empelotaron en la Capu, igual terminaron huyéndole.

Hay que decir una cosa: el Huevo no era un mal tipo (en realidad siempre fue buena gente, pero quizá a partir de ahora ya no lo sea, por lo menos conmigo). El problema con el Huevo era que siempre andaba en búsqueda de víctimas a las cuales leerles sus huevadas porque el hombre se computaba un gran escritor que revolucionaría las letras más que Joyce o que el propio Dante.

Varias veces lo había visto torturando texto en mano a algún pobre infeliz sin los suficientes cojones como para mandarlo a la mierda o meterle un combo si se hacía al resentido. El patético ritual no terminaba con la lectura del relato en cuestión, sino que en realidad la lectura de este era el preámbulo de una inquisitoria que comenzaba con un “¿te gustó? ¿lo entendiste? ¿notaste mis técnicas literarias?” y un culo de vainas que ya provocaban un masivo “sálvese quien pueda” cuando se le veía venir con su mochilota de alpinista desde la Facultad de Educación con rumbo directo hacia la de Estudios Generales Letras.

Para mediados del segundo ciclo. El Huevo conoció a quien sería (según decía él) su único amigo; un patita rubio, medio pintón, aunque con cierta fama de contreras y antisocial, que además pertenecía a la barra brava de la ‘U’. La gente lo conocía como Darko, pero no se molestaba que algunas jermitas arriolas se refiriesen a él como ‘El Principito’.

- Te voy a leer mi último poento (nuevo género que es creación mía): “La Venganza del Helado de Lúcuma” –decía el Huevo dándose aires de importancia y alucinando que generaba expectativa.

Darko –lentes oscuros, cigarrillo en mano y una bota sobre el asiento– permanecía callado, pero al parecer muy interesado en la historia. Luego de varios minutos terminaba oyendo el clásico “¿te gusto? ¿lo entendiste? ¿notaste mis técnicas literarias? (yo las inventé)”; y Darko contestaba: “sí… claro… por supuesto (te felicito)”; y el Huevo casi reventaba de felicidad de por fin haber encontrado a alguien que lo entendía de forma clara dándole en la yema del gusto.

- Se acercan los Juegos Florales y pienso participar en el área de narrativa (aunque tal vez no lo haga) ¿crees que si lo hago tendría oportunidad?

Darko le decía que estaba seguro que cualquiera de los cuentos que le había oído podría tranquilamente ganar. Nuevamente el Huevo no cabía de contento dentro de su cáscara y ordenaba muy gallito un par de cebillanos y dos chelitas tamaño ‘margarito’; sin embargo, al ratón (cuando la segunda botella estaba ya a la mitad) otra vez le venía la depre.

- A veces pienso que mi lucha es inútil. El metatexto vigente es obsoleto literariamente hablando, pero literalmente sabe cómo defenderse para seguir manteniendo su poder oligárquico y avasallar estos intentos míos por brindar grandes innovaciones a la literatura.

Darko dejaba de tomar apuntes en su libretita y secaba la botella en el vaso del Huevo y lo animaba a éste diciéndole que se desahueve, que por lo pronto bien podía cantar lo que el sistema quisiera oír o que por lo menos podía tolerar hasta que fuese demasiado tarde para el antiguo régimen. El Huevo, otra vez con la moral en alto, se ponía muy gallito con el mozaico y le pedía más cerveza y canchita de cortesía; luego, con voz bajita, le decía a Darko:

- Gracias, amigo. Será la quinta vez que participe en un concurso de cuentos, pero esta vez seguramente que ganaré aunque eso no me haga muy feliz ya que opté por traicionarme a mí mismo, pero todo sea por que triunfe la verdadera revolución literaria.

Darko hacía un corte de manga y acotaba: “al ‘metatexto’ dile que se meta ‘esto’”. El Huevo, indiferente al mozaico que ya destapaba las botellas sobre la mesa, volvía a soñar:

- Cuento con tu ayuda para buscar alguna buena trivialidad mundana que pueda usar como tema. Yo naturalmente me encargaré de codificar la trama en un relato de técnica obsoleta.

Y así, durante el transcurso de varias semanas –el Huevo y su mochilota, Darko y su libretita– anduvieron juntos de aquí para allá tratando de encontrar temas interesantes y sorprendentes que el Huevo pudiese tratar y que no se salieran de lo que éste llamaba ‘metatexto’ y que Darko entendía como el ‘jurado calificador’. El verano se prolongaba más de la cuenta llegando con toda la fuerza de febrero hasta el mismísimo junio, mes en el cual dos jugadores símbolos de la ‘U’ e idolatrados por Darko se pasaron al Cristal, pero el Huevo nunca fue perceptivo del dolor del amigo y siguió divagando desde el centro de su propio universo:

- ¿Sabes, Darko? Si buscamos autores clásicos cuya obra se parezca en algo a la mía, creo que podríamos hablar de Borges y, en alguna medida (aunque mucho menor), de Cortázar, pero sólo es mera coincidencia porque mi verdadera influencia proviene de la pintura ¿a qué no adivinas de qué pintor en específico?

Era junio en el que el sol quemaba como en febrero, pero Darko seguía siempre con su gabán, sus botas, su libretita; amargadazo por la traición a la ‘U’ de este par de parrilleros argentinos, pero tratando de mostrar interés en lo que el Huevo le decía. Estaban sentados en la Cafetería de Letras y una de las tops de la clase de Lite quiso acercarse como para preguntar algo (y quizá hasta para sentarse), pero la detuvo el olor a huevo podrido que Darko tenía que comerse todos los días con cierta resignación.

- Creo que no vas a dar con la respuesta por más que pienses tanto. Mi gran influencia es Joan Miro ¿Has visto sus ‘Interiores Holandeses’? ¿Y ‘La Patata’? Seguramente que te estás preguntando de qué manera una expresión pictórica puede influir en la construcción de un estilo literario; pues, bien, será difícil, pero intentaré explicártelo…

Para mediados de junio, el sol no parecía dar señales de querer irse y seguía quemando los días, las ideas y poniendo los diarios colgados más amarillos de lo que ya eran. “La U una lágrima en la Copa (cremas se despiden de la Libertadores con goleada en Maracaibo)”, “Científicos advierten: el próximo año el Niño llegará hasta agosto”, “Gallinas hasta el huevo (para otras copas sí son buenos)”, “Nuevo escándalo en Argentina por venta de armas al Ecuador”, “Merengues con más pena que gloria caen en Venezuela (Lolo, sacúdete en tu cripta)”.

- ¿Cuándo se irá este sol? –dijo el Huevo triste, quizá dándose cuenta que se aproximaba la fecha límite de entrega de trabajos para los Juegos Florales y no se había avanzado ni siquiera con la elección del tema.

Cualquier idea que surgiera, el sol la iba evaporando inmisericordemente; sin embargo, la noche hubo de llegar casi a fines del mes y con ella trajo la víspera del último día para dejar los textos en mesa de partes. Darko –ya sin los lentes oscuros que durante meses desafiaron al sol– algo soñoliento miraba de reojo la tele de la chingana mientras el Huevo tenía la vista puesta durante varios minutos ya, en la espuma acumulada en el fondo de los vasos.

- Ya fue esta huevada. Si hubiese sido más realista hubiera tenido que escribir sobre un pobre estúpido, infeliz, fracasado, que se alucinaba escritor, y que nunca halló un tema para escribir un miserable cuento para un concurso de mierda.

Darko no pudo contener la risa y por fin dijo lo que tenía atracado en la garganta desde hacía varios meses:

- Ja, ja… ‘ta que eres un huevonazo ¿quién mejor que tú para contar de alguien así? ¿recién te das cuenta? Pero si llevas al personaje en la sangre ja, ja.

El huevo se repuso de su sorpresa inicial y lo miró con los ojos rojos, quizá allí hubo de enterarse que Darko tenía los suyos de color azul. No claudicó mirada Darko, quien recibió por cortesía un vaso de cerveza arrojado en la cara más la cuenta que el Huevo se fue sin pagar.

Darko seguía riéndose; su estómago se retorcía dentro de él como pez recién sacado del agua. El Huevo cruzaba la calle, seguramente llorando; el cascarón se le había roto y debió de haberse dado cuenta que ya era invierno y hacía frío.

Por primera vez, Darko pagó la cuenta (felizmente tenía con qué), aunque se quedó sin una china para el pasaje. Se fue caminando a casa pensando en los 500 cocos de premio a los que el Huevo renunciaba y en la ‘U’ que en el torneo local acababa de ganar con las recontrarejustas y dando pena a uno de los equipos más misios de provincia en el propio Monumental.

Durante la larga caminata de más de dos horas, Darko también pensó que el Huevo bien podía terminar sus días como jefe de práctica de literatura, personaje típico de la fauna universitaria que él detestaba. Eran para Darko estos personajillos criaturas que caminaban sobre sus propias babas cada vez que empezaban a computar a una jermita en sus comisiones; más babientas aún cuando alguna de estas se les acercaba al final de la clase para hablarles de Borges o de Cortazar; argentinitos creiditos, engreídos y (sobretodo) traidores como Parriggietti y Patanazzo que dejaron la ‘U’ para volverse pavos.

Después de toda esta mala experiencia, Darko llegó a la conclusión de que al final no era tan malo ser malo; que en el Perú no sólo se perdona sino que hasta se aplaude al malo aunque rompa esquemas, rompa contratos, rompa piernas, meta goles con la mano o le venda armas al enemigo después de que uno lo ayudó gratis contra el suyo. Darko no tenía por qué sentirse mal ni culpable de nada; acababa ese ciclo de cumplir dieciocho años y era obvio que, por su fortuna y su virtud, ‘El Principito’ había crecido.

Quedan pocas horas para que la mesa de partes abra en su último día de recepción de trabajos para los Juegos Florales y Darko casi se deja vencer por el sueño y el cansancio frente a la máquina de escribir. Su estómago amenaza nuevamente con contraerse por la risa y entonces él hace un esfuerzo por leer lo que hay en su libretita empapada de cerveza.

Minutos más tarde, por fin empieza a teclear.





Historia del Huevo


Había una vez un patita al que le decían ‘el Huevo’…

lunes, julio 24, 2006

A todos mis cáCsulas

Tal como adelanta algo el subtítulo de este blog, aquí pondré aquellos cuentos y relatos en general que reprobaron todas las pruebas de control de calidad en cuanto concurso literario fueron presentados. Después de haber sido choteados más veces que Hildebrandt de la televisión o que cholo power en la puerta de The Edge o de The Piano, estos escritos que se estaban hongueando junto con todas las separatas de mi mediocre vida universitaria, me pidieron una oportunidad para salir de sus tumbas y yo se las di. Cada mes iré rescatando a uno de mis chicocos perdidos y la verdad (que aunque dicen que para un padre no hay hijo feo) me parece que con varios de ellos se cometieron muchas injusticias... snif snif... may